Mi esperanza está viva


¡Aviva tu esperanza!

Una de las emociones que más me gusta sentir es la ESPERANZA,  aunque en un mundo que se pinta más difícil, entre tanto desafío, muchas veces se pierde.  Encontramos en nuestro día a día, personas que ya no la tienen y generalmente son portadores permanentes de malas noticias o vampiros emocionales, que nos roban o tratan de opacar la nuestra.  Ante esto, yo creo que tenemos dos opciones: ser reactivos sintiendo las emociones que nos van llegando producto de lo que vivimos o conscientemente elegir emociones que nos ayudan a estar en un mejor estado de ánimo.  Si elegimos la última opción, iniciamos una recta de buena actitud y experiencias. Por eso te invito: avivá tu esperanza.

Ejercitemos el músculo de las emociones, lo logramos haciendo que voluntariamente podamos sentir emociones agradables que son un buen combustible para crear aquello que queremos en nuestra vida: buen humor, admiración, sorpresa, aprendizaje continuo, alegría, tranquilidad, paz interior. Imaginemos que nuestro mundo emocional puede ser algo físico, que podés ver y tocar, ¿que forma querés darle para que juegue a tu favor?

Distingamos optimismo de esperanza. El optimismo proviene de argumentos (es decir de la mente) buenas noticias: aumento de salario, visita de un amigo que no mirabas hace tiempo, viaje a un lugar que no conocías, viene un hijo, te vas a casar, te entregan tu casa nueva, compraste el carro que soñabas…, mientras que la esperanza viene de un lugar más profundo de nosotros, viene de la fe (no importa cual sea tu religión), de la conexión con nuestro espíritu, de un conocimiento profundo de la vida, de que hay un mañana mejor. Saber que sos un ser espiritual experimentando una experiencia física hace la diferencia.

Así que, en momentos de grandes desafíos, personales o colectivos, aferrate a esa esperanza que has fortalecido y ejercitado.  ¿Cómo se aviva tu esperanza?

Buscá inspiración. Todos a lo largo de la vida hemos experimentado desafíos, obstáculos o incluso reveses. Pero si los hemos afrontado bien, somos mejores personas producto de esa vivencia. Aprendimos, crecimos o nos fortalecimos en algún área;  incluso hay gratitud por un evento que al principio lucía desafortunado, pero se convirtió en algo bueno al final.  Si revisás la vida de algunas personas, una enfermedad, ruptura, pérdida u otro evento desafortunado los llevó a encontrarse con lo mejor de sí mismos.

Usá tu mente a favor. Disciplinada y conscientemente elegí pensamientos de calidad. No sucede de un día a otro, pero si soltás tus ideas negativas y elegís ver lo bueno que también te ocurre te vas a sentir mejor. Date cuenta de la gente que te apoya, que te quiere y aquello valioso que no cambiarías por nada. Por ejemplo, tu salud, el regalo de poder mirar, ¡la vida misma! siempre hay bendiciones. Pero debés entrenar tu mente para que las veas, pues si estás demasiado distraído o pesimista, no vas a apreciarlas.

Reforzá tu fe. Acércate a Dios, en el que creás. Y no me estoy refiriendo necesariamente a practicar alguna religión. La religión es una estructura o método que podría ayudar a tu conexión con esa sabiduría universal, pero no es la única forma de hacerlo. A veces, nada más mirar a un bebé y ver su perfección, o un atardecer, la magnificencia de una montaña, nos hacer sentir que algo mayor a nosotros ha creado toda esta maravilla.

En mi caso, me gusta rezar e imagino una conversación con ese ser supremo amoroso que, como una madre, quiere lo mejor para mi. Ese padre me reconforta en tiempos turbulentos y con frecuencia susurra: ¡confiá!

Recordá, la esperanza no solo es decir “lo mejor está por venir”. Es sentir, esperar que lo bueno ocurra, pero sobre todo actuar para crear ese maravilloso futuro.

Entonces, avivá tu esperanza y encontrá esa fuerza interna para actuar y crear junto a Dios lo que querés.

Te espero en la cima

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