Nelson A. Hernández Cedeño: Espejito, espejito


Desde que el hombre puso un pié en la tierra, la mentira y la negación de responsabilidades ha existido. Adán culpó a Eva y esta a su vez a la serpiente sobre el tema de la manzana, y si la serpiente hubiese hablado, todavía estaríamos resolviendo el caso.

La razón número 1 del por qué mentimos es por temor al castigo y al que dirán. Irónicamente, las consecuencias de la mentira son peores que la mentira misma, recuérdelo amigo lector.

Es evidente que el engaño y la mentira forman parte de la naturaleza humanay están presentes tanto en la vida personal como en la vida social y las formas humanas de comunicación se apoyan en un juego de roles donde se entremezcla lo que la persona es con lo que aparenta ser.

El engaño a los demás casi siempre tiene sus raíces en el engaño a nosotros mismos. Espejito, espejito…

Es bien sabido a nivel científico que la gran mayoría de los mensajes que emitimos o recibimos no son verbales y solo una parte puede controlarse voluntariamente sin embargo, suelen ser ignorados en la comunicación por el receptor y por el emisor.

Algunas de las ramas especializadas dentro del estudio del lenguaje no verbal están: las Microexpresiones, el lenguaje corporal, la proxémica, la paralingüística, kinésica y grafología.

Debo comentarle que, para que una mentira sea exitosa e imposible de detectar, tiene que ser muy elaborada y tomar en cuenta cada una de estas ramas.  Por ende, mentir es un acto muy complejo y a veces hasta necesita cómplices para lograr sostenerlas por un tiempo y, realmente, no vale la pena intentarlas porque tarde o temprano la verdad siempre saldrá a la luz.

Lo invito a que vea la película Argo, un film basado en la vida real y en una de las mentiras más elaboradas de la historia para poder rescatar a 6 rehenes estadounidenses de Irán en 1979. Con todo y lo complejo del plan, la CIA no logró sostener la farsa debido a que un niño, elemento que ni se les pasó por la mente, reconstruye una foto que ayudó a descubrir todo el operativo cautelosamente planeado por meses.

Quienes nos dedicamos a descubrir la verdad, usamos varias herramientas para lograrlo y quiero compartirle 3 indicadores básicos que podrán serle útil en su día.

Si hablamos del rostro, las expresiones faciales de larga duración y sostenidas, suelen ser falsas. Así, al estar pensando más en lo que se está diciendo, para que resulte convincente, sobreactuamos la expresión facial. Es aquí donde estudiar a conciencia microexpresiones es clave, no solo porque son fugaces y espontáneas, sino porque además son el primer rasgo de una emoción en particular según sea el contexto.

Los movimientos corporales son acciones que tratan de enfatizar lo que se está diciendo y pueden ser manipulados voluntariamente, conmovimientos en los que una parte del cuerpo, trata de controlar la otra parte. La kinésica se encarga de analizar esta forma de comunicación.

Sin embargo, si los movimientos corporales no están bien coreografiados con la voz y la palabra, aparece lo que los expertos llamamos “incongruencias del mensaje”.

Y por último tenemos la voz, los indicios más comunes de engaño son pausas demasiado largas o frecuentes, vacilar al empezar a hablar, interjecciones, entonación, uso de palabras específicas que se repiten como libreto aprendido y palabras parciales, tartamudeos, contradicciones. De esto se encarga la paralingüística.

Recuerde esto: el mentiroso piensa más en lo que dice y menos en su comunicación no verbal y es menos difícil controlar las palabras que las expresiones y microexpresiones de la emoción.

Mentir provoca estrés, miedo y esfuerzo que se traducen en gestos observables, más aún si la mentira no fue cautelosamente elaborada o porque hubo una pregunta directa y sencilla que sacó de balance a aquel que se estudió un libreto sin espacios para improvisar.

El intento excesivo de controlar la información produce actuaciones artificiales con poca emoción, pocos gestos y movimientos, que revelan una incongruencia entre el lenguaje no verbal y verbal.

Tampoco debe buscarse la mentira como si de una inevitable realidad se tratara, puesto que pueden cometerse errores al valorar la simulación y el engaño. Y es tan perjudicial, creerle al mentiroso como no creerle al verás.

Cierro con esta ley de vida: Ni los mentirosos más experimentados tienen la capacidad de controlar indefinidamente su inconsciente, que tarde o temprano acaba delatándolos y, cuando la mente duda, el cuerpo empieza a hablar.