Nelson Hernández Cedeño: Mi triste sociedad


Era 1989. “Tras la tormenta criminal” como bien diría mi amigo Horacio Valdés en su canción “Solo las Estrellas Bastarán”, el pueblo se volcaba a un saqueo sin precedentes, era claro que los valores, la ética, moral, integridad y solidaridad brillaron por su ausencia.

Estos saqueos provocaron que muchos comerciantes cerraran sus puertas para siempre dejando sin empleo a cientos de personas en pleno diciembre, otros y con muchísima dificultad, sacaron de los escombros y cenizas sus sueños emprendiendo nuevos oficios, aventurándose a otros países o bien, rehaciendo su vida empresarial junto con aquellos empleados solidarios que, entendiendo la situación, aceptaron laborar sin remuneración económica hasta que se levantaran de aquellos restos que los ladrones sin consciencia dejaron.

Los disturbios de Los Ángeles de 1992, también conocidos como “la revuelta de Rodney King”, explotaron cuando un jurado compuesto casi completamente por blancos absolvió a los cuatro agentes de policía que aparecieron en unas grabaciones tomadas mientras propinaban una paliza al taxista afroamericano. Esto provocó los actos más atroces contra personas de distintas razas, no sólo blancos y además se dieron saqueos por toda la ciudad.

Estos pasajes históricos de distintos países se han repetido una y otra vez en mayor o menor escala y siguen dándose eventos donde en ausencia de orden y valores la sociedad ve como “normales” los actos de corrupción, violencia, discriminación, xenofobia, irrespeto a la autoridad y ausencia total de ética y moral.

En pleno 2019, el hijo de la lavandera sigue jodiendo al hijo de la cocinera, gente de poder sigue abusando del menos privilegiado, las leyes se aplican sin justicia equitativa y la pobreza ya no sólo es económica sino espiritual, educativa, social y cultural… como lo fue 30 años atrás.

Muchos critican y censuran duramente a aquellos que osan tener en su vida la asertividad, integridad, verdad y justicia, cometen un delito cuando denuncian actos corruptos y es un pecado capital cuando defienden sus convicciones o hacen valer sus derechos. Todos ellos terminan siendo lapidados públicamente por personas que justifican los hechos con un “¿si el roba porque yo no?” o “robó pero hizo” o porque simplemente quieren hacer alardes de poder, cuando realmente ni sueñan tenerlo.

Joan Baez, un activista y músico estadounidense decía “Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre de la sociedad, acabarás formando parte de ella”.  

El primer signo de corrupción en una sociedad es decir que el fin justifica los medios y creemos que, pasando mil veces peleas en noticieros, mostrando el lado oscuro del hombre y dándoles ratings de audiencia, llegaremos a la paz.

Cada persona, tiene una misión irremplazable para hacer el bien, física, espiritual, ética y moral a las personas que lo rodean y a su parcela dentro de la sociedad.

Es nuestra responsabilidad revivir aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa la historia y que benefician nuestra presencia y la de los demás. Pareciera que nuestra sabiduría cada vez más está cegada por la búsqueda y ansias del poder y del tener olvidándonos totalmente del ser.

El teólogo y filósofo Johann Kaspar Lavater decía: “Si quieres ser sabio, aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir bajo el manto de la razón, ética y moral”. 

En un sistema social de desigualdad, lo único que comunica la verdad son la palabras y los hechos, lo triste es que algunas palabras o hechos se prostituyen en cosas vanas y ruidos sociales. El contexto del mensaje varía cuando el mensaje real es interceptado por la desigualdad sostenida del sistema.

En una sociedad así, la palabra se transforma y lo que debería ser un instrumento de cambio, es un arma de manipulación o explotación libertina.

Existen mensajes que, por salir del bolsillo y del estómago pero no del corazón, están cargadas de vacío.  Estas mismas palabras son las que están interesadas en vender, sumar votos, hacer negocios, imponer, gritar, insultar, desacreditar o humillar.

Un gran pensador griego, Esopo, decía que “la palabra sin hechos no vale nada”.  

No hay mejor espejo que aquel que refleje la imagen del hombre a través de sus palabras. Las palabras pueden ser como los rayos X si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Las lees y te traspasan.

Ahora bien, en una sociedad como la nuestra llena de crisis, casi todas basadas en la crisis de valores, ¿cómo es tu palabra? ¿Como una piedra que transforma, levanta y construye bajo el paraguas de la transparencia, equidad, solidaridad, amor por el prójimo, la ética y moral o integridad o es como una hoja seca que se la lleva el viento y se desbarata con sólo tocarla?

Cierro con esta magnífica frase de Albert Einstein: “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única”.

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