Rabioso o indignado


Vemos con preocupación las manifestaciones de violencia en el mundo: inciando en la casa, pasando por el colegio, llegando a la comunidad e invadiendo los países. 

Una simple frase desencadena manifestaciones de rabia, odio y en algunos casos hasta la violencia física.

Ya nadie escucha para pensar o reflexionar, se escucha para responder y algunas veces esa respuesta lleva violencia.  Muchos andan la rabia a flor de piel y cada acto a su alrededor lo sienten como un acto lesivo a su humanidad… a veces ni siquiera en con ellos el tema y se lo toman muy a pecho.

Las heridas sociales y las explosiones de violencia que hemos visto y leído en los últimos meses son las más preocupantes, pues hablan por sí solas del analfabetismo emocional que aún padecemos.  No nos hemos tomado en serio en ningún foro educarnos emocionalmente para poder gestionar nuestra vida.

Un joven entrevistado en un medio internacional dijo que el vandalismo y los destrozos callejeros se justifican porque, según él, la gente había sufrido históricamente diversos tipos de violencia, o sea, combatir violencia con violencia, sin importar la secuelas, siendo la más importante las pérdidas de vida. Mucho de lo que pasa en nuestro países, robos, asesinatos, violaciones, maltrato son solo algunos ejemplos de secuelas de la rabia descontrolada.

Vemos en los centros comerciales, sobre todo en esta época, niños revolcándose de rabia o pateando a sus padres, abuelos o nanis por algo que no les dieron o no les compraron… sin límites y sin disciplina se pueden covertir en los “matones” del colegio que van pegando, empujando o insultando a aquel niño que ven más vulnerable.

La violencia no puede ser aceptada como vía de resolución de conflictos, desde la íntima (la que se vive en casa), la escolar (bullying), la laboral (moving/acoso), la callejera, la social, la política…. se caracterizan por graves carencias y ausencia de muchas libertades. Entrar en ese terreno es autorizarnos el «todo vale», el «sálvese quién pueda». Un relativismo que echaría por tierra todo lo que la humanidad ha construido tras siglos de sangre, fuego y barbarie: la paz, la reconciliación, el ponerse de acuerdo, la tolerancia, LA LIBERTAD.

Rabia que lleva a la violencia e indignación son cuestiones distintas. ¡Todos tenemos derecho a indignarnos! El filósofo italiano Remo Bodei, inspirado en Platón y Aristóteles, afirma que «eliminar la ira justa o la indignación» significaría «cortar los nervios del alma». Es evidente que la desigualdad, los abusos de poder y la corrupción son razones suficientes para indignarnos. Sin embargo, el método elegido y la proporción definen su naturaleza: caos para la destrucción (sin saber lo que vendrá después, o sabiéndolo perfectamente) o presión democrática para el cambio.  No podemos permanecer indiferentes, pero que ganamos con ser aguerridos y andar con la “pistola lista para disparar”.

Ninguna emoción es negativa. Hay unas más incómodas que otras, pero todas cumplen funciones imprescindibles para la vida humana.  La ira, entendida como reacción frente a una injusticia, irrespeto o frustración, debe manifestarse (y gestionarse) con mesura. El problema surge al añadir un ingrediente peligroso, el odio, que casi siempre termina en agresión.

Acudo a un genio, Aristóteles, para cerrar mi reflexión:

«Cualquiera puede enfadarse, eso es fácil. Pero enfadarse con la persona adecuada, en la medida correcta, en el momento oportuno, con el propósito adecuado y la manera conveniente, eso no está al alcance de cualquiera ni resulta fácil».

TE ESPERO EN LA CIMA