¿Ser feliz para siempre?


Hace más de 17 años entré en el camino del crecimiento personal no con la intención de ser feliz para siempre, sino de vivir efectivamente y saborear la vida como viene.  

Comencé por terapia (para mi es canasta básica: huevos, leche, terapia), luego seguí con libros inspiradores anhelando erradicar emociones negativas para vivir en un mundo donde reconozco lo que siento y me siento libre de llorar o reir cuando quiero, sin dar explicaciones.

Aprendí que no soy Joy (alegría) en la película “Inside Out”, pero me mueve un entusiasmo inagotable por estar bien en todo momento reconciendo y agradeciendo las bendiciones que vienen a mi vida de diferentes maneras. Eso no significa que la tristeza, la rabia, el miedo o el asco van a desaparecer.

No pienso que el bienestar significa habitar únicamente en el lado brillante de la vida es una ilusión que vende muy bien pero que no deja de ser eso: una ilusión. Y mejor que deslumbrarse con una fantasía es reconocer la realidad tal y como es.

Por si surge la pregunta, la realidad es compleja, cambiante, imperfecta, maravillosa, incierta y muchísimas cosas más, todas al mismo tiempo. Además y para complicar el panorama, somos seres humanos con un entramado de emociones, historias personales y creencias. Por lo tanto, si creés que con ingredientes tan inestables se elabora una pócima mágica que con tres cucharadas asegura una vida ideal, te equivocás. Y si algún día la encontrás te pido un favor, envasala y mandame un frasco.

Un error frecuente al procurar el bienestar personal es desconocer o rechazar nuestro lado oscuro, todos tenemos uno. Así caemos sin darnos cuenta en una fijación por las emociones positivas, o la vana pretensión de regirnos solamente por lo que es bueno, agradable, lindo y dulce, por eso tantas sonrisas fingidas en las redes sociales. El resto, “lo malo” lo tiramos al basurero o lo escondemos debajo de la alfombra, por eso hay tantos errores repetidos.

Si caemos en el final de cuentos “felices para siempre” esos aspectos desagradables, oscuros y espesos encuentran el camino de regreso. Y mientras más los rechacés, con mayor fuerza tocarán tu puerta.

Te tengo una súper noticia, si aprendés a reconocerlos, procesarlos podés soltarlos. La diferencia está en poner atención a la forma como esas emociones surgen en el presente, y en lugar de engancharte a ellas, las dejas ir, manteniendo la mente y el corazón abiertos para lo que venga después.

Reconocer, sentir y dejar ir es un entrenamiento físico, mental y espiritual que nos ayuda a crecer como seres humanos y ser más felices.

Te espero en la cima

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