Hay momentos en la vida en los que sentís que estás atrapado. Caminás, avanzás, hacés lo que podés, pero algo dentro tuyo sabe que no fuiste creado para sobrevivir, fuiste creado para volar.

Volar no significa huir de los problemas. Significa elevar tu perspectiva, confiar más allá de lo visible y atreverte a creer que tu historia no termina donde hoy te encontrás.
¿Qué significa volar en la vida real? Volar no es fantasía ni poesía vacía. Volar es una decisión diaria. Es elegir no vivir prisionero del miedo, de la culpa o del pasado. Es aprender a confiar cuando no tenés todas las respuestas. Es caminar por fe cuando la lógica se queda corta. Es creer que hay más, incluso cuando todo parece decir lo contrario.
Volar es una postura interior. No necesitas alas físicas para volar. Necesitás una mente renovada y un corazón dispuesto. Muchas personas nunca vuelan porque pasan su vida mirando al suelo. Cuando solo mirás tus problemas, terminás limitado por ellos. Cuando levantás la mirada, comenzás a ver posibilidades que antes no existían.
“Cuando cambias tu forma de ver las cosas, las cosas comienzan a cambiar.”
El miedo es el mayor enemigo del vuelo, paraliza, te convence de que no sos capaz, de que no es tu tiempo o de que vas a fallar. No es una señal de que no debás volar. Es una señal de que estás frente a algo importante.
Las mentiras que te impiden volar, no es la circunstancia la que te detiene, sino lo que creés sobre vos mismo. Algunas mentiras comunes son: No soy suficiente. No tengo lo necesario. Ya es demasiado tarde. Siempre fallo. Otros pueden, yo no. Cada una de esas ideas te mantiene con los pies en la tierra cuando fuiste diseñado para alturas mayores.
Desde una perspectiva espiritual, volar es vivir conforme al propósito para el que fuiste creado. No naciste para vivir dominado por el temor ni por la resignación. La fe no elimina los problemas, pero te da alas para atravesarlos; aplicada a la vida diaria, no es solo un concepto espiritual. Es una práctica cotidiana. Se vive cuando decidís confiar, aunque no entendás, cuando seguís avanzando, aunque no veás resultados inmediatos. Algunos ejemplos prácticos de fe en acción son:
Seguir creyendo cuando una puerta se cierra.
Orar cuando no sabés qué decisión tomar.
Avanzar cuando el miedo te dice que retrocedás.
