Heridas que todos sufrimos, cómo tratarlas


Es mejor vivir heridos que parecer perfectos, y saber lidiar con las limitaciones que conlleva la vida: el amor, la muerte y la fe.

Hay cuatro cosas que son difíciles de remediar, difíciles de sanar, incluso una de ellas no se puede evitar: la vida, el amor, la muerte y la fe. A estas situaciones las personas les han puesto el nombre de heridas.

Vida que nos zarandea, amor que nos descoloca, muerte que nos aturde y fe que nos despierta la incertidumbre.

Profundicemos en cada una de ellas y comprender, un poco más, por qué son heridas que necesitamos sufrir:

LA VIDA.  La vida es bonita, pero tremendamente imperfecta, y esto es porque todo en ella es frágil. El error, el fallo, es parte inevitable de la condición humana. Hagamos lo que hagamos habrá siempre un coeficiente de error en nuestras obras. No se puede ser sublime a todas horas.

“Los pedagogos dicen que por eso es preferible permitir a un niño que rompa alguna vez un plato y enseñarle luego a recoger los pedazos, porque es mejor un plato roto que un niño roto”. Es cierto.

No existen hombres que nunca hayan roto un plato. No ha nacido el genio que nunca fracase en algo.  Lo que sí existe es gente que sabe sacar fuerzas de sus errores y otra gente que de sus errores sólo casa amargura y pesimismo.

Y sería estupendo educar a los jóvenes en la idea de que no hay una vida sin problemas, pero lo que hay en todo hombre es capacidad para superarlos. No vale, realmente, la pena llorar por un plato roto, se compra otro y ya está. Lo grave es cuando por un afán de perfección imposible se rompe un corazón. Porque de esto no hay repuesto en los mercados.

EL AMOR. Hoy vivimos en un mundo donde la inseguridad del amor implica mucha ansiedad para las personas. Inseguridad tanto de amar como de ser amado.

El amor de nuestro tiempo es un amor de ciclo corto que no aprende ni crece, que no tiene tiempo ni de madurar ni de avanzar. Es un amor mucho más fácil pero más volátil, pues no puede mantener el esfuerzo que implica tener una relación. Es un amor que quiere promesas, pero no el compromiso que implica mantenerlas.

En una sociedad en la que el amor esta teñido con exceso de sentimiento, cuando ya no lo hay, no queda nada.  Por esto es necesario ser heridos por un amor profundo y bien vivido, que, aunque nos golpee, ensanche el corazón.

LA MUERTE. La muerte es algo que hay que tapar, y el tapar (un poco negar), a la muerte y al dolor nos ha hecho perder perspectiva. El realismo se saber que hay un final que llena de hondura el presente.

Al no reconocer a la muerte como parte de la vida nos hacemos tremendamente vulnerables a ella y nos vamos volviendo incapaces de asumirla. Cuando ella llega parecemos sorprendidos al constatar que nos ha fallado la vida cuando siempre supimos que eso es y que todo en ella es un profundo misterio, como la vida misma.

Todos los días se muere un poco; el caer en la cuenta de ello y reconocerlo, nos prepara para la soledad y el vacío que esta encierra.

LA FE.  No es nuevo que vivimos en un mundo de una fe contracorriente en el que creer es un acto casi ofensivo para el colectivo.

La fe, desde hace un buen tiempo, es un reto para los que la tenemos, un reto social. Pero además de esto, hay una batalla, una herida de fe que se vive en el interior del corazón.  Esa en la que Dios hace silencio, esa en la que nos cuesta escuchar, esa fe que nos lleva al vértigo y que más que una certeza es una incertidumbre.

Una que debe vivirse en soledad y que solo se resuelve poniéndose de rodillas ante el misterio.

No podemos no vivir, no amar, no creer en algo o en alguien y no morir. Es mejor vivir heridos que parecer excelsos, pues inevitablemente, no lo somos.

TE ESPERO EN LA CIMA

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