Una autoestima sana, ¿trabajamos en ella?


En esta crisis me han llamado y escrito algunas personas acerca de los problemas a salvar, problemas que comparto también: miedo, incertidumbre, confusión, dolor, angustia… y al final puedo concluir que si nos dejamos abatir no vamos a “remontar la ola”, mucho de lo que debemos hacer, como indico en mis videos por FB live, es saber que tengo en mi “caja de herramientas” (fortalezas) para conocer si puedo construir nuevos rumbos, derribar paredes y continuar.

La convivencia estrecha en los hogares o con restricciones en los trabajos, nos ha llevado a concluir que muchos de los problemas en las relaciones personales es la falta de una autoestima sana.  Al no saber quiénes somos, qué fortalezas tenemos y cuáles son las cosas que tenemos que mejorar, cualquiera nos puede “vulnerar”.

Algunas personas tienen un gran poder reinterpretativo, no intentan entender y reaccionan instantáneamente. La mayoría de estas reacciones son netamente defensivas, producto de la valoración personal que hacen de las cosas y de una autoestima que ha sido lesionada innumerables veces.

El punto de referencia del ser humano es la autoestima.  Una persona con un autoestima sana se conoce y sabe quién es, sabe cuáles son sus mejores habilidades o cualidades (fortalezas) vive con base en sus valores, tiene consciencia de lo que necesita cambiar y no le “abre la puerta” a las emociones sin sentido, lo hace sabiendo qué siente y por qué.

Seres humanos que se debaten todos los días entre la ofensa y el victimismo, son personas que no van a alcanzar la felicidad, el éxito, metas y sueños, porque su punto de referencia siempre va a ser los demás y se mueven al vaivén de la olas y por ello pueden “naufragar” en un mar picado.

Durante esta interminable historia de amor hacia nosotros mismos, nos topamos con tres grandes maestros espirituales (ayudan a construir nuestro espíritu), cuyas enseñanzas dan para toda una vida de aprendizaje. Estos tres maestros de la autoestima son: los padres, la pareja y los hijos.

Cada uno de ellos es en sí mismo un nítido espejo donde podemos ver reflejada nuestra parte luminosa y también nuestro lado más oscuro. Y a su vez, cada uno de ellos es una pantalla donde en ocasiones, sin darnos cuenta, proyectamos lo mejor y lo peor de nosotros.

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